
Por suerte, coincidimos con los carnavales.
Miles de personas bailaban al ritmo de samba mientras niños descalzos recogían las latas vacías de cerveza e intentaban vender unos caramelos, cientos de vendedores ambulantes recorrían el pasacalle cargados con una gran nevera,músicos disfutando de esos días de fiesta mirando al cielo con los ojos cerrados, quizás rezando para que el carnaval no acabe nunca. La ciudad se vuelve inmensa pero aún así la gente se refugia en las gasolineras con sus copas en las manos buscando el aire que falta en la calle, empapados de esa humedad que te envuelve.
Ciudad disparatada, llena de vida, de hombres durmiendo en las calles, de samba, de drogadictos, de niños buscando comida en la basura, de bossanova, de mujeres con sus mejores trajes, de alegria, de esperanza y de magia.
Ciudad disparatada, donde las orquídeas crecen en los árboles...