
El sábado por la noche visité Peumayen, según los indios mapaches
" el lugar soñado".
Es un pequeño pueblo costero, con un siempre resplandeciente faro cuya luz permanece como guía para aquellos que buscan un lugar lleno de utopías. En Peumayen habitan hombres y mujeres que buscan otro mundo posible, que se deleitan con las letras de un cuentacuentos que narra historias imposibles, que disfrutan con las vistas de un mar delimitado por el salitre, ese salitre que araña sus pieles doradas cada mañana...
Todos los dias los habitantes acuden a la playa, algunos se dirigen hacia los barcos para comprar pescado fresco, otros acuden al bar del pueblo dónde seguro algún marinero les contará las batallas del duro día o simplemente comentarán los cotilleos de alguna vecina o vecino...
El sábado hablaban de la tristeza de Penélope, esa mujer que espera junto al mar el regreso de su amado que un día prometió regresar...Una vecina del pueblo comentó que Penélope ya estaba harta de esperar, que ella le habia dicho que pensaba irse a trabajar a la gran ciudad de taquillera de un antiguo cine, que ya no entendía por qué su amado se había marchado en busca de tesoros cuando todavía no habia descubierto el tesoro que se encontraba entre las curvas de su espalda, que sería ella ahora la que se iría a descubrir nuevos horizontes... Todos se alegraron de la noticia y brindaron por la bella Penélope.
Así pasaban los días en este pequeño pueblo,marineros contando historias de amantes, de buques fantasmas, de habitantes que se fueron en busca de la luna, de sirenas que cantaban al anochecer frente a las rocas...
Mi visita no duró más de tres horas. De repente, volví a Madrid, esa ciudad que nos envuelve...
Ahora busco ese pueblo del que no existe dirección ni camino. Desde mi casa no veo el mar, pero de vez en cuando me dirigo hacia mi ventana, esperando ver el faro de Peumayén en el horizonte,iluminándome...